viernes, 22 de enero de 2010

La cura para el hambre

Son las tres de la madrugada, se te antoja una lasaña y todo está cerrado. Abres la nevera, revisas todos los rincones de la casa y encuentras una gran variedad de alimentos. Pero resulta que, por cosas de la vida (Murphy y su sabiduría), entre esos alimentos no está aquello que buscas con tanta pasión y desenfreno. Entonces comienza el diálogo interno.

Pasados treinta minutos, ya tienes una idea más o menos clara de lo que puede estar sucediendo: Tres y media de la mañana, tú con hambre, y todo cerrado. Para colmo, los lugares donde venden comida abren, como mínimo, a las siete, lo cual quiere decir que te toca esperar otros doscientos diez minutos. Doscientos diez minutos que, en el lenguaje de la impaciencia, oscilan entre cuarenta y sesenta años. A eso le sumas los achaques de la vejez y una que otra dificultad en el desenganche atencional. Ah, y no puede faltar la famosa desesperación crónica de matiz reptiliano, que la verdad sea dicha, no ayuda mucho que digamos (ya sabemos cómo termina esto).

Dadas, pues, las circunstancias, y esclarecidos los infortunios, diseñé el nuevo Método EAN (Eliminador del Apetito Nocturno). Funciona así:

El Método EAN (Eliminador del Apetito Nocturno) es un sistema hecho a base de H2O (Agua o Sustancia Inhibidora del Apetito), por esa razón también se le conoce como Hidroterapia Cósmica Estandarizada. Sus efectos pueden variar, dependiendo de la gravedad del asunto y de la imprudencia del sujeto.

Pasos por seguir:

1) Retire las catexias del mundo exterior y deposítelas en el self.

2) Dispóngase a beber agua, teniendo en cuenta las siguientes descripciones:


Composición:

Cada dosis contiene 1.000 ml de H2O.


Propiedades farmacológicas:

El agua es una sustancia de características excepcionales que lucha contra el hambre previniendo brotes psicóticos y cualquier tipo de reacción salvaje. Su efecto dual (inhibición del hambre e inmovilidad física) es ideal para el alivio de la impaciencia severa, ocasionada por la incapacidad de superar un capricho a altas horas de la madrugada, donde la vejez, el insomnio y el proceso primario hacen todo lo posible por aniquilar a un pobre mamífero intelectual.


Indicaciones:

El agua por vía oral es un coadyuvante en el manejo de la cólera cuando sólo con las medidas convencionales (paciencia y somnolencia) no se ha conseguido una respuesta terapéutica.


Administración y posología:

Adultos: 3.000 a 7.000 ml (ver Composición) según severidad del cuadro. Recuerde que el siete es el número de la suerte.

No apto para niños y adultos de la tercera edad.


Contraindicaciones y advertencias:

Intolerancia al agua, embarazo, hidrofobia, edemas.


Efectos adversos*:

Disminución del apetito, náuseas, vómito, catatonia, visión borrosa y muerte súbita.

*Cuando complete los primeros cinco síntomas, intente gritar o llamar a una ambulancia.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Sobre las tapas de los jugos Frutto de Alpina

«Paciencia: forma menor de desesperación disfrazada de virtud.»

Ambrose Bierce.


Tengo las manos llenas de sangre porque intenté abrir un jugo Frutto de Alpina. Quienes lo hayan probado entenderán la situación; y los que no, si les apetece, pueden dirigirse hacia cualquier supermercado o tienda cercana y adquirirlo.

No sé qué clase de bestia es la encargada de colocarle la tapa al jugo, pero sospecho que debe tratarse de una indecorosa máquina, porque no creo que pongan a una persona a tapar diez mil jugos en un día. Además, se supone que la máquina ejecuta las órdenes que le dan, así que algún infame le tuvo que haber indicado que acabara con nuestras vidas.

A veces me provoca comprar una empavadora piscina de plástico, coger la botella a martillazos y luego colar el jugo a ver si así sí me lo puedo tomar.

Los jugos Frutto de Alpina son ricos, sin embargo, poseen una extraña particularidad: desatan las tendencias sadomasoquistas de cualquier individuo.

Sí, ya lo sé, también los hay en caja, pero ese tal Tetra Pak no me convence. Aunque, aquí entre nos, la ventaja de este sistema es que, si no abren, les haces un roto y listo, no pasa nada.

Todo gira en torno a un malévolo sistema de seguridad diseñado por un paranoico y cuyo lema reza: “No te enojes, es por tu bien, alguien podría asesinarte con una buena dosis de cianuro”.

Ah, y no vayas a renovar la cédula, porque las huellas no te van a servir.

Aquí os dejo una foto de un sujeto con crisis de angustia (panic attack) por no poder quitarle la tapa al jugo.



FUENTE: Imagen tomada de “5wk foros”, 2009, Los manicomios de 5wk. Disponible en: http://www.5wk.com/


sábado, 28 de noviembre de 2009

KRA 54, directo al infierno

Estoy por creer que el señor conductor del bus KRA 54 no alcanzó a integrar bien el superyó. Llevo varias semanas analizando la situación y no dejo de convencerme de lo mismo: el individuo posee un Trastorno límite de la personalidad (TLP), es fronterizo.

Resulta un tanto llamativo el hecho de que todos los choferes de Sobusa presenten un perfil homogéneo. ¿Por qué será que a esa tal empresa solamente se le ocurre contratar choferes limítrofes? ¿En qué se basan al momento de seleccionar al personal? O más preocupante aún: ¿quién es el responsable de dicha labor?, ¿otro limítrofe?

Gracias al desdeñoso reloj —que se halla atado misteriosamente justo al pie de un árbol— los infames, insensatos, desgraciados, asesinos en serie han disminuido un poco la velocidad. Sin embargo, después de cinco o seis de la tarde —en esta época, pasadas las siete de la noche— no hay reloj y el proceso primario invade el yo de las lacras y éstas te arrollan a diez mil kilómetros por hora sin ningún tipo de misericordia.

Si no te agarras, corres el riesgo de terminar con los ojos desorbitados y el hocico restregado contra el parabrisas. El conductor goza de una gran habilidad innata para hacer que un gigantesco objeto de unos siete mil kilogramos de peso —denominado bus— se desplace de un extremo a otro (más o menos a una distancia de cien kilómetros) en tan sólo cinco minutos. Muy pronto saldrá la nueva ruta KRA 54-Alaska, en media hora estás allá.

A la derecha está la famosa salida de emergencia haciéndole compañía a un sospechoso martillito rojo. Lo que me pone los nervios de miseria no es la ventana, sino el pinche martillo que pueden emplear para asesinarme. “Si todo lo que tiene es un martillo, cualquier cosa que vea le parecerá un clavo” (observación de Baruch). Pues bien, ahora tenemos otro problema: ¿por qué rojo? Es simbólico, el rojo representa la sangre que va a circular por tu cuello cuando algún descerebrado lo utilice para masacrarte despiadadamente.

Hay un tierno Winnie Pooh bebé colgando del techo con un enorme paracaídas, el pobre lo va a necesitar.

Cuando al nefasto timbre no le da la gana de funcionar tienes que ver de dónde sacas un bate para darle duro a eso, lograr que te abran la puerta y huir con cara de horror.

Aquí entre nos, no hay cosa más desagradable en esta vida que subirse a un bus y encontrarse con la tediosa presencia de dos torniquetes, que no hacen sino estorbar y de paso añadirle una preocupación más a tu aparato psíquico, que a duras penas está tratando de superar la angustia neurótica de hace diez años. Te la pasas todo el bendito tiempo diseñando estrategias para una buena bajada, en la que al menos consigas salir sano y salvo; no sé si sano, pero salvo tal vez.

Y mira al Coletoral, ese tampoco se queda atrás. Un bus donde van más de sesenta personas de pie y violadas, de las cuales más de la mitad lleva una fantasía sexual en ciernes. Sería algo bastante similar a este mensaje de correo electrónico que recibí hace un par de años y cuya fuente desconozco:

«¿Te gusta? ¿Te gusta que te acaricien? ¿Te gusta que te rocen? ¿Te gusta que te hagan transpirar? ¿Te gusta sentir otro aliento a tu lado? ¿Te gusta que te respiren en la nuca y/o en la cara? ¿Te gusta adoptar nuevas posturas? ¿Te gusta llegar hasta el fondo?, ¿o quedarte en la puerta? ¿Te gusta subir? ¿Te gusta bajar? ¿Te gusta entrar? ¿Te gusta salir? ¿Te gusta entrar frío y... salir caliente y transpirando? ¿Sí?, ¿te gusta? ¡¡¡Entonces móntese en un ^&#%@! Caldas Recreo!!! ¡Caldas Recreo hace realidad todas tus fantasías!»

Mis hallazgos, mis extraños hallazgos. Realicé una inescrutable encuesta a cuarenta masas encefálicas con sangre y huesos, esos seres excepcionales que suelen tropezarse diez veces con la misma piedra y le echan la culpa a la piedra (humanos). Aquí os dejo los resultados con una breve interpretación (ver cursivas):


¿Cada cuánto te subes en el bus KRA 54?

• Todos los días:

4 (10%) Suicidas

• Una vez por semana:

2 (5%) Ciclotímicos

• Entre dos y cuatro veces por semana:

2 (5%) Maníaco-depresivos

• Una vez por mes:

1 (2%) Relativamente prudente

• Entre dos y cuatro veces por mes:

1 (2%) Reflexivo

• De vez en cuando:

21 (52%) Sujetos con uno o más de los siguientes cuadros:

1) Elevada tendencia a la cordura

2) Superyó severo

3) Neurosis de angustia (fobia)

4) Libido reprimida

5) Esquizofrenia paranoide

• Nunca jamás:

6 (15%) Bienaventurados

• No conozco ese bus:

3 (7%) Nunca han estado tan cerca de la muerte










FUENTE: Imágenes tomadas de “YO me he montado en los buses de SOBUSA y he SOBREVIVIDO!”, 2009, Facebook. Disponibles en: http://www.facebook.com/group.php?v=photos&gid=16295065206




sábado, 17 de octubre de 2009

No subas el puente y mejor aprende a volar

Últimamente he estado reflexionando un poco sobre la enigmática presencia del puente universitario y su íntima relación con la organización cerebral y los procesos cognitivos. Y es ahora, a mis 19 años de edad, con mi angustia neurótica todavía vigente, cuando me doy cuenta que todos corremos peligro.
¡Sí, señor!, todos corremos peligro y vamos a morir muy pronto si no reaccionamos antes que culmine el ciclo terrestre. ¡Todos los que suben el puente universitario poseen una ligera compulsión a la repetición!
Yo solamente lo subo los miércoles y los jueves en un breve período de latencia porque tengo delirio de persecución y en esos días no sublimo bien. De resto, no hay problema. Triunfo, omnipotencia y negación; la triada maníaca que me consume todos los lunes, martes y viernes en horas de la mañana.
Muchos se preguntarán: ¿qué tiene que ver el puente universitario con la organización cerebral y los procesos cognitivos? Claro que tiene que ver, y bastante. Aquí os dejo una breve interpretación:
1) Vas caminando tranquilamente con un corrosivo sol de 80ºC (y todavía existe gente que puede desplazarse pacíficamente bajo semejantes circunstancias atroces), pero como el clima es raro (todo en esta vida es así: raro), pasa un brisón, te lleva por delante y te estrella contra el poste. Mueres instantáneamente de un Trauma Craneoencefálico (TCE).
Bien, ahora me dispongo a postular unas cuantas razones de otra índole. Básicamente, la modesta opinión de mi estimado colega y amigo Zacarías Candela Del Rio, padre de las futuras Neurociencias Cognitivas, quien se opone rotundamente a subir el puente porque sus condiciones físicas no son aptas para ello.
Y es que, si a duras penas damos para cruzar la calle, mucho menos nos van a dar las extremidades inferiores para subir eso a pleno sol de doce del día; no tienen consideración. Detrás de toda la trama, lo que se esconde no es más que una falta de creatividad, y esta va para quienes lo diseñaron: ¿no se les ocurrió al menos colocarle ascensor o bandas transportadoras de masas humanas similares a las del Centro Comercial Buenavista?
Mi amigo, si lo he comprendido correctamente, se refiere al indiscutible sentimiento de pasividad que le produce el sólo hecho de contemplar la idea de subir el puente.
Dejemos a un lado la cuestión precedente, pero no sin antes dar una muestra de agradecimiento a mi amigo por su valioso aporte que, a mi parecer, goza de argumentos bastante sensatos, y encaremos esta otra: ¿qué propósito de vida, o qué consecuencias favorables trae para los estudiantes el plan de movilizarse de un extremo a otro, empleando como medio un aburrido puente que en este momento es fuente de mi inspiración?
No tiene techito, así que ya se imaginarán una caída en época de lluvia. Los carros y los buses listos para aplastarte, mientras llegas al suelo te das un palmerazo, a los quince minutos aparece el imprudente paparazzi de los periódicos Gore extasiado tomando fotos a la lata y hasta saboreándose el muy desgraciado: ¡Apúrate, apúrate, no mueras sin antes regalarme una sonrisa! (The Jigsaw Puzzle, Soft Gore en vivo otra vez).
...Y si tienes suerte, no te alcanza un rayo.
Por eso insisto: hay que comprar botas anti-resbalantes, rodilleras, paracaídas, cuerdas escaladoras de montañas y un buen casco. Falta ver si de paso algunos se animan a seguir los pasos de Pirry.
Ya lo otro es cuestión de si sabes o no sabes cruzar la calle, porque si no sabes, mejor ahórrate problemas y asume todos los riesgos del bendito puente porque abajo eres víctima segura del infame KRA 54 que va a diez mil millas por segundo y tampoco tiene consideración de nada; el conductor es un asesino en serie y los pasajeros son los suicidas.
Aquella franja de cemento con barandas azules —o entiéndase también azulóxiles, porque tienen tanto óxido que uno realmente no sabe si dejarse caer, o sujetarse ciegamente esperando no morir de tétano en los próximos treinta días (Castro, 2009)— y zona inferior con pinta de espiral alargada, rampa, o como se le pueda llamar a semejante aberración; se convierte en un tedioso obstáculo para mi otro amigo A. Palma, mayor de edad y vecino de esta ciudad, identificado con la Cédula de ciudadanía No. __________ expedida en algún lugar del mundo, quien en el transcurso de los últimos tres meses se ha ido alejando cada vez más de los patacones trifásicos de la famosa fritanga gourmet que se halla ubicada a unos cuantos metros de la universidad —más conocida como “La J. D. P.”, para llegar allá es preciso pasar por “The J. D. P. Boulevard”— porque al ver el puente, percibe una tanática ola de calor que se apodera de él y lo obliga a atravesar la carretera trayendo consigo una terrible frustración por no poder acceder a los tan anhelados patacones. Actualmente, A. Palma presenta un Trastorno Depresivo Mayor (TDM) por la ausencia de patacones, pero J. C. y yo lo estamos ayudando a superar la crisis. A. Palma, te queremos.
Por último, considero oportuno mencionar el extraordinario caso de mi compañero de Artes escénicas: A. Rincón, un sujeto que manifiesta tener los nervios de miseria por haber gastado $200.000 semanales en un pinche bloqueador.

viernes, 24 de julio de 2009

La patraña de las cremas para peinar

Si hay algo que me frustra en esta vida, es una crema para peinar que no sirva precisamente para peinar, sino para dejar el cabello como vaca lamida. Y de paso, el simple hecho de tener que soportar otro fiasco ocasionado por una nefasta mezcla, brebaje de mala índole, o como se le pueda llamar —a fin de cuentas, es lo mismo—.
Cuando era pequeña, no gozaba de una vasta experiencia en la materia; me quedaba la peinilla marcada como si me hubiera peinado con cemento y un rastrillo. Poco a poco, empecé a emplear otras técnicas que me arrojaran resultados más convincentes, y en últimas, resolví quedarme con la menos peor: la de la toalla.
¡Sí, señor!, la famosa técnica de la toalla. Lavas tu cabello como de costumbre, lo peinas salvajemente, aplicas una escasa cantidad de crema en tus manos y la esparces misteriosamente desde las puntas hacia arriba; después te secas el cabello con una toalla, la dejas envuelta en la cabeza, al rato te la quitas y esperas hasta que el cabello se seque por naturaleza propia para luego sí poder proceder con toda confianza a meterte un tiro.
Entonces, aquí está el lado paradójico del asunto:

1. Si aplicas el procedimiento de la toalla, y no te peinas hasta que se seque el cabello, quedará revuelto pero digno (y en cuanto lo peines, dejará de ser digno).
2. Si aplicas el procedimiento de la toalla, y te peinas antes que se seque el cabello, no quedará revuelto, pero sí como si una vaca hubiese pasado la lengua por tu cabeza. Asimismo, tendrás que tolerar las humillaciones suscitadas por un detestable afro.
3. Si no aplicas el procedimiento de la toalla, mejor no te eches nada.

La publicidad posee la particularidad de venderte muchas ideas, de las cuáles, la gran mayoría no son más que una farsa. Así como juegan con tus nociones de volumen —porque he contemplado una suma innumerable de acontecimientos del mismo tipo—, juegan con imágenes de efectos que probablemente ni en tus sueños llegues a obtener.
Este caso de la crema para peinar, es sólo un ejemplo; hay miles de ejemplos más, y seguramente, también existen otras maneras de hacer uso de una indecorosa crema.

domingo, 19 de julio de 2009

Visión murphiana del paraguas

Como ya mencioné en otro de mis artículos, ser pesimista tiene sus ventajas. Me honra y me llena de regocijo el simple hecho de llevar a cabo una exhaustiva reflexión de carácter murphiano. Puedo palpar cómo una desmesurada satisfacción se apodera de mí, purifica el lado más recóndito de mi ser e invade mis más inauditos y abismales sentimientos hasta guiarme por el buen sendero de la paz.
Tengo el honorable placer de presentarle al mundo una de mis tantas críticas al optimismo radical. Esta vez me dispongo a hacerlo con un ejemplo (sí, un ejemplo). Mi voto de confianza va para el señor Edward Murphy y sus discípulos. ¡Una condescendiente reverencia cósmica para todos los optimistas!
Sin más rodeos —y en lo posible evitando caer en una engorrosa monotonía—, expongo mis ideas a modo de sumario mientras me preparo para hacer catarsis. Aquí vamos:
Hay situaciones en las que llevar un paraguas se convierte en un tedioso problema. Tal vez esto obedece a que terminas dándote cuenta que el objeto que supuestamente iba a ejercer la función de cubrirte e impedir que te mojaras, empieza a estorbar. Por ejemplo, cuando está lloviendo con brisa, con o sin paraguas, igual te mojas (esta va para los nobles esperanzados). En esos casos, creo que es mejor continuar con el rumbo de la vida sin la indecorosa presencia de un paraguas, que de paso supone una carga innecesaria para tus manos.
Pero bueno, quién quita que un optimista fiel visione todo lo contrario. “Todo para bien, nada para mal”, “no me voy a mojar, no me voy a mojar” (no me voy a mojar y me mojé...), “el agua es vida” (capaz que te caes en un pozo y sigues pensando lo mismo), “no importa, me bañé, qué rico” (a ver si piensas lo mismo con el resfriado). Y otras diez cuartillas cargadas de justificaciones de la misma índole.
A continuación, añado un aporte de Murphy en relación con la lluvia.

Apéndice a la Ley de Murphy: de la lluvia y otras inclemencias atmosféricas

• Si no llevas paraguas, lloverá en cuanto salgas a la calle (aunque haya hecho un día estupendo hasta entonces).
• Si no llevas paraguas, pero empieza a llover cuando salgas a la calle, y vuelves a casa por un paraguas, dejará de llover en cuanto pongas el pie de nuevo en la calle.
• Si llevas el paraguas encima durante todo el día, no lloverá.
• Si empieza a lloviznar, pero te resistes a abrir el paraguas “porque son cuatro gotas”, empezará a llover a torrentes.
• En cambio, si empieza a lloviznar y abres el paraguas, dejará de llover inmediatamente, para empezar a llover de nuevo en cuanto lo cierres.

lunes, 29 de junio de 2009

La Masacre del Hielo

En un principio mis temerosas y catastróficas conjeturas apuntaban a que el fundamento de todo esto subyacía en la menopausia. Sin embargo, actualmente estoy empezando a revisar el asunto con un poco más de sensatez.

No es una novedad el simple hecho de ser una víctima más del funesto calor que agobia a más del 50% de todos los organismos que habitan en esta ciudad. Te acabas de bañar, y si no enciendes el abanico: a ver si soportas el calor. Es curioso observar cómo puedes llegar a captar incluso el triple del calor que sentías antes de haberte bañado (si no enciendes el abanico).

Las condiciones climáticas actuales arrojadas por los datos señalan lo siguiente:


Despejado

81º F

Sensación: 88º F

Punto de condensación: 79º Fahrenheit

Humedad: 94%

Viento: 7 MPH NE

Salida del sol: 5:39 A.m.

Puesta del sol: 6:25 P.m.


De resto, no queda sino atenerse a las consecuencias: el cabello seco, la cara brotada, un Síncope por calor, un ACV (Accidente Cerebro Vascular) y quizá hasta un molesto cáncer de piel. A eso le sumamos las terroríficas implicaciones psicológicas que van desde un elemental cambio del estado de ánimo —que puede terminar convirtiéndose en una cáustica bipolaridad— hasta un cuadro clínico propio de la neurosis.

Te vuelves consciente, percibes cómo el calor atraviesa tu ropa y recorre lentamente todo tu cuerpo hasta masacrarte y hacerte estallar en cólera. Ahora no sólo lo experimentas, ahora lo sabes. He ahí una de las posibles etiologías de la neurosis de nuestros tiempos: el calor.

En mi opinión, no es tan intrincado describir el estado psicológico en que se halla un individuo a la hora de presentar semejante cuadro. Más bien, logro concebirlo como algo simple. Tan simple como cuando te encuentras en una reunión, y así esté el aire acondicionado encendido y tengas un abanico en la cara: sigues muriendo. Entonces optas por ahorrarte cualquier tipo de comentarios porque intuyes que a la larga vas a terminar embarrándola si abres la boca. No obstante, por dentro estás agonizando, no puedes más, le estás mentando la madre al pobre aire que no tiene la culpa de tus desgracias. Tu ejecutivo central parece desentenderse de la situación, el enfoque y concentración de tu actividad mental están en todas partes menos en la trama de la conversación; estás a punto de padecer de un TDA/TDAH (Trastorno por déficit de atención, con o sin hiperactividad). Pero ni modo, te toca aguantarte, tienes que reprimir tus impulsos salvajes si no quieres ocasionar un terrible caos en el despacho.

También puedes intentar irte por otra vía —eso sí, menos plausible—, como levantarte del asiento en que te encuentras aplastado(a) y gritar que no puedes más, que te largas porque el calor ya te sacó de quicio, que te vas a bañar hasta que se te reseque toda la piel y quedes como una uva pasa. Le bajas la temperatura al aire, pateas el abanico, abres la nevera y te dispones a lanzar hielos por toda la calle con una vehemente crueldad que pone en duda tu reputación. Tu respuesta emocional es prácticamente inconcebible, ni siquiera alcanza a pasar por el Neocórtex. La sangre te hierve, tus labios están rojos y vas perdiendo el control en cuestión de segundos. Sacas todo, pero absolutamente todo lo que reprimiste en tu infancia. Luego te cae la justicia encima, sacándote en cara el famoso Artículo 111 de la Ley 599 de 2000 —por la cual se expide en el Código Penal— y acusándote por lesiones personales (El que cause a otro daño en el cuerpo o en la salud, incurrirá en las sanciones establecidas en los artículos siguientes”). Y tú —como siempre, justificando todo, que decepción— respondes que no tienes la culpa, que nada más se te activó el Reptil y no pudiste evitar desatarte. La gente sorprendida y diciendo “ay, pero si es de buena familia” (como si eso fuera garantía de que el hijo no va a ser una futura lacra...). Todo porque mientras lanzabas hielos —en medio de tu crisis irresponsable— no tuviste la precaución de al menos ver a quién se los lanzabas.